sábado, 20 de octubre de 2007

La paradoja ecológica o el malvado ecologista

Leyendo a Cortázar (II)

Ya convenientemente preparados con la lectura previa de “Lucas, sus largas marchas” es el momento de leer otro cuento del mismo libro (Un tal Lucas, 1979). El relato se llama "Lucas y sus meditaciones ecológicas", y está muy relacionado con un montón de temas a los que llevo dando vueltas como en un círculo infernal desde hace más de veinte años.

¡Qué lindo es el campo...! (mejor: ¡qué lindas las fotos del campo!)  abc

"En esta época de retorno desmelenado y turístico a la Naturaleza, en que los ciudadanos miran la vida de campo como Rousseau miraba al buen salvaje, me solidarizo más que nunca con: a) Max Jacob, que en respuesta a una invitación para pasar el fin de semana en el campo, dijo entre estupefacto y aterrado: «¿El campo, ese lugar donde los pollos se pasean crudos?»; b) el doctor Johnson, que en mitad de una excursión al parque de Greenwich, expresó enérgicamente su preferencia por Fleet Street; c) Baudelaire, que llevó el amor de lo artificial hasta la noción misma de paraíso.

Un paisaje, un paseo por el bosque, un chapuzón en una cascada, un camino entre las rocas, sólo pueden colmarnos estéticamente si tenemos asegurado el retorno a casa o al hotel, la ducha lustral, la cena y el vino, la charla de sobremesa, el libro o los papeles, el erotismo que todo lo resume y lo recomienza. Desconfío de los admiradores de la naturaleza que cada tanto se bajan del auto para contemplar el panorama y dar cinco o seis saltos entre las peñas; en cuanto a los otros, esos boy-scouts vitalicios que suelen errabundear bajo enormes mochilas y barbas desaforadas, sus reacciones son sobre todo monosilábicas o exclamatorias; todo parece consistir en quedarse una y otra vez como estúpidos delante de una colina o una puesta de sol que son las cosas más repetidas imaginables.

Los civilizados mienten cuando caen en el deliquio bucólico; si les falta el scotch on the rocks a las siete y media de la tarde, maldecirán el minuto en que abandonaron su casa para venir atardecer tábanos, insolaciones y espinas; en cuanto a los más próximos a la naturaleza, son tan estúpidos como ella. Un libro, una comedia, una sonata, no necesitan regreso ni ducha; es allí donde nos alcanzamos por todo lo alto, donde somos lo más que podemos ser.
Lo que busca el intelectual o el artista que se refugia en la campaña es tranquilidad, lechuga fresca y aire oxigenado; con la naturaleza rodeándolo por todos lados, él lee o pinta o escribe en la perfecta luz de una habitación bien orientada; si sale de paseo o se asoma a mirar los animales o las nubes, es porque se ha fatigado de su trabajo o de su ocio.

No se fíe, che, de la contemplación absorta de un tulipán cuando el contemplador es un intelectual. Lo que hay allí es tulipán + distracción, o tulipán + meditación (casi nunca sobre el tulipán). Nunca encontrará un escenario natural que resista más de cinco minutos a una contemplación ahincada, y en cambio sentirá abolirse el tiempo en la lectura de Teócrito o de Keats, sobre todo en los pasajes donde aparecen escenarios naturales.
Sí, Max Jacob tenía razón: los pollos, cocidos".

Recogida de basuras en el alto de Guarramillas
Foto extraída de Mountain Wilderness

A aquellos que me conozcan les sonará la moraleja del cuento de Cortázar (por favor, espero que se entienda la carga irónica del texto y la referencia a las moralejas que hice en la entrada anterior al recordar a Víctor d’Ors) y a los que no, les ayudará el saber que ya hace muchos años que vengo pidiendo para amplias áreas del territorio la categoría de territorio “sin uso”. Ni el forestal, ni el turístico, ni el de esparcimiento, ningún uso que tenga que ver ni remotamente con su antropización. Ya hace más de diez años (¡cómo pasa el tiempo!) en la Introducción de mi libro La Ciudad y el Medio Natural escribía los párrafos que siguen.

Es imprescindible terminar con la propaganda ecológica, o cambiar su sentido. Lo que desde hace algunos años vengo llamando la paradoja ecológica, viene viciando de raíz y desde el movimiento de la ciudad jardín, los ideales de vida de la población occidental. Las necesidades de consumo de naturaleza son tales que ahora ya nadie se conforma con vivir en los centros históricos de las ciudades, donde en los reducidos pisos el urbanita tenía una relación muy lejana con “el campo”. Una maceta de geranios en la ventana y una jaula con un jilguero en el patio de luces. Ahora, como mínimo, necesita un adosado con mini-parcela a 20 ó 30 kilómetros del centro, un 4x4 con el cual llega a los más remotos lugares (entre los que se encuentra su mini-parcela), y una colección en 20 tomos sobre especies protegidas (¡cuánto árbol sacrificado en aras de la salvación de la Naturaleza!). De esta forma, su gran simpatía por el medio ambiente le convierte en el máximo depredador de ese medio.

Hotel en el Cabo de Gata
Foto extraída de El País (La Comunidad)

Habría que volver a las propuestas de Ortega para quien la técnica es la esencia del hombre. La lectura de su ensayo Meditación de la Técnica puede conducir a una visión distinta de las relaciones del hombre con la naturaleza. En realidad se trata de la transcripción de un curso que impartió en el año 1933 en la Universidad de verano de Santander (el año de la inauguración de sus célebres cursos de verano). El curso empieza así: "Sin la técnica el hombre no existiría ni habría existido nunca". Y más adelante afirma:

"La técnica es lo contrario de la adaptación del sujeto al medio, puesto que es la adaptación del medio al sujeto. Ya esto bastaría para hacernos sospechar que se trata de un movimiento en dirección inversa a todos los biológicos. Esta reacción contra su entorno, este no resignarse contentándose con lo que el mundo es, es lo específico del hombre. Por eso, aun estudiado zoológicamente, se reconoce su presencia cuando se encuentra la naturaleza deformada; por ejemplo, cuando se encuentran piedras labradas, con pulimento o sin él, es decir, utensilios. Un hombre sin técnica, es decir, sin reacción contra el medio, no es un hombre".

Por supuesto que este pensamiento, como muchos otros de Ortega tiene una carga polémica muy fuerte y precisaría de vivas discusiones. Ahí radica precisamente una de sus mayores virtudes. En cualquier caso esta visión habría que contraponerla directamente a la “falsa ecología” publicitaria. Quizás un análisis conjunto de ambas posturas ayudara a clarificar no pocos problemas que, en el fondo, sustentan posturas simplemente egoístas.

La esencia de lo urbano, hasta hace muy pocos años, ha consistido, sencillamente, en la deliberada separación de la Humanidad respecto a la Naturaleza para recluirse en ciudades. Es decir, en pequeños territorios limitados en los que imponía un orden diferente al natural y que podía, en mayor o menor medida, controlar. Y la esencia de lo humano, la técnica (y la ciudad como uno de los artilugios técnicos más elaborados) necesita del contraste con el medio natural para poder afirmarlo como tal. En el momento actual, con graves problemas para conseguir esta afirmación debido a la práctica desaparición de la Naturaleza, probablemente sea necesario reconsiderar la cuestión de los limites espaciales de la urbanización esperando que no sea demasiado tarde. En definitiva, como decía Cortázar al terminar el cuento de hoy, y de una forma un tanto brutal: Sí, Max Jacob tenía razón: los pollos, cocidos.

6 comentarios:

Federico García Barba dijo...

La verdad, sr. Fariña cada vez es más dificil seguirle la pista, dado lo amplío y profundo de su producción. Esencialmente, stoy de acuerdo con el enfoque de que el problema contemporáneo relacionado con lo natural o "ambiental" como lo adjetivan algunos cursis, está en la incomprensión de que los procesos biológicos son esencialmente hostíles y generadadores de una competencia feroz por el espacio. Ha sido la técnología lo que ha establecido la prevalencia del hombre sobre el planeta y que su extensión, en sí misma, nos está llevando a la definición de unos límites y a la incapacidad final del sistema para mantener a la especie humana. Por ello, frente a las visiones románticas de la ecología sobre lo incontaminado y natural lo que realmente habría que preservar y administrar muy cuidadosamente es ese espacio intermedio entre la urbanización y los restos no antropizados. Pues, probablemente necesitaremos las superficies agrícolas abandonadas para el sustento de la especie cuando escasee la energía barata del petroleo y la vida en las regiones metropolitanas se haga insostenible

José Fariña dijo...

Federico (¿o tal vez debería decir sr. García?): estoy totalmente de acuerdo contigo en que el problema (si lee esto Domingo Jiménez Beltrán seguro que dice "oportunidad, José, oportunidad, no problema") está en las áreas de interfase. Claro que cuando el área de interfase ocupa buena parte del suelo, incluso todo (excepto las áreas urbanas) en algunos lugares como determinadas islas, cualquier intento de "aprovechar la oportunidad" que nos depara el estado desastroso en el que se encuentra el territorio presenta evidentes dificultades. Pienso honradamente que nuestra lucha ética, en estos momentos, consiste en reducir lo más posible las áreas de interfase para devolver a la naturaleza la mayor cantidad posible de hectáreas. Y nuestra lucha como técnicos es hacer que las áreas de semi-urbanización que queden funcionen lo más eficientemente posible. Existen varias dificultades para conseguir ambas cosas pero una de las más evidentes es la necesidad de consumo de naturaleza que tiene la sociedad actual. Esto es lo que pretendía denunciar en esta entrada y que tú has sabido ver con la inteligencia que te caracteriza. Espero que a los más jóvenes les llegue el mensaje que pretendemos transmitirles y que mis alumnos sean capaces de transformar estas ideas en proyectos concretos. A ver si atacando en diferentes frentes (tú en el Colegio de Arquitectos, yo en la ETSAM, los ecologistas no malvados en su ámbito, etc.) podemos conseguir algo. Gracias por el comentario.

Anónimo dijo...

En realidad la "oportunidad" tiene fecha de caducidad creo, porque en la cuestión, el parámetro tiempo se encuentra implícitamente integrado o arraigado de manera brutal;y no juega a nuestro favor. Desgraciar los límites entre superficie terrestre con distinto estado de urbanización es relativamente fácil,ya que creo se trata de zonas;a menudo con una indefinición técnica, que propician cambios no controlados poco reversibles,por el hecho de estar ejecutados de manera irregular;con el agravante de que en muchos casos, ese espacio de incertidumbre funcional,es el que unos consideran reserva de algo que quieren denominar como "natural".

No estoy de acuerdo con la teoría de Federico, vamos a ver si he entendido lo que quería decir; pero no se cual es la actitud o postura adoptada cuando se pretende preservar el espacio intermedio entre urbanización y los restos no antropizados, para mantener a la especie frente al desastre energético.¡Pero esto es el fin!, tiene que haber medidas anteriores a la situación descrita, aunque probablemente deben de ser respaldadas por organismos públicos y privados muy metidos en el sistema económico actual.

Creo que nos confundimos mucho, estudiantes, profesionales y estudiosos cuando, ilusamente, vemos desde nuestro campo de trabajo alguna solución para el tema. Yo no llevo tantos años planteándome estas cuestiones, pero lo que tengo claro es que dentro de este sistema económico no se puede producir el cambio, y con ello quiero referirme también al sistema social. Porque la sociedad se mueve al son de la economía. Generar un sistema económico basado en el crecimiento es incompatible con casi todo.Especialmente con el planeta, del que extraemos los recursos para seguir creciendo, y con esto me refiero al mismo suelo, se precisa suelo para la actividad económica.

No podremos preservar el suelo, porque vale menos que lo que se coloca encima, en este sistema de valoración sólo la ley puede hacer algo por hacer prevalecer los intereses del medio. Pero ni siquiera el campo legal sirve, porque no hay un respaldo público detrás. La población no está concienciada.

La teoría podemos conocerla, podríamos crear un método de actuación prioritario en este sentido, pero la pregunta, para Federico y también para tí Fariña, es ¿cómo?, ¿cómo planteamos el cambio en la mentalidad de los agentes que intervienen en el proceso de urbanización, en general; y por extensión, de los usuarios finales del ingenio arquitectónico? Porque verdaderamente es ahí donde veo el principal obstáculo...

José Fariña dijo...

Si se trata de los empresarios y promotores haciendo que sea más rentable “lo sostenible” que “lo insostenible” (ya se está empezando a hacer, las cuotas de CO2 ayudan). Además consiguiendo que los compradores reclamen “sostenible”. Esto ya es más complicado. Sin embargo tampoco hay que ser negativos. Si hace treinta años alguien me hubiera dicho el interés que existe hoy por las cuestiones ambientales (siento la cursilada, Federico), por la preservación de la naturaleza o por el cambio climático, le hubiera tomado por loco. Por supuesto que la sociedad está más sensibilizada. Incluso algunos de mis amigos empiezan a sentir remordimientos cuando van de excursión a sitios con algo de “naturalidad” y me dicen: “Estuve en Gredos con el 4x4 pero no creas, no me salí de las carreteras asfaltadas y sólo caminé unos kilómetros a pie por senderos señalizados”. Hemos recorrido parte del camino. Claro que todavía queda un buen trecho.

No creo que quede otra opción más que insistir, insistir, insistir. Cuanto más camino recorramos menos traumático y terrible será el ajuste que se tiene que producir. Sería fantástico que el hotel del Cabo de Gata no lo hubiera que derribar por ser ilegal sino porque comercialmente fuera una ruina. Y para que esto ocurriera debería ser un oprobio para el ciudadano o la ciudadana alojarse en él. Debería de sentir vergüenza en lugar de “sentirse en comunicación con la naturaleza en un lugar privilegiado”. Si esto fuera así ese hotel nunca se hubiera construido porque nadie se alojaría en sus habitaciones.

La estrategia sería convencer a los líderes de opinión, a los que tienen capacidad para cambiar la sociedad. Parte de los líderes de opinión de la sociedad futura están ahora mismo en las aulas de las Universidades y ahí hay que atacar. Algunos los estamos intentando. Soy optimista porque veo ya jóvenes arquitectos y arquitectas que son capaces de crear modelos alternativos. Los intentaré ir presentando poco a poco en este blog. Pero en el momento actual una parte importante de los líderes de opinión no están ni han salido de las aulas de la Universidad, pertenecen a otros ámbitos más desconocidos para mí pero en los que también hay que seguir insistiendo (incluso entre la prensa del corazón).

Si conseguimos convencer a los líderes de opinión no será muy difícil que la sociedad pida otras cosas. Y si la sociedad lo pide los políticos lo pondrán en sus programas electorales y tendremos leyes. También se podría intentar el camino inverso: líderes políticos que impongan leyes a la sociedad. Pero dada la capacidad de liderazgo, de creación de proyectos e ideas nuevas que ilusionen a la sociedad que tienen los políticos actuales, no tengo muy claro que avancemos por ahí. La alternativa sería la imposición mediante engaños que tampoco parece muy éticamente recomendable. Por tanto, el sistema de arriba abajo no parece muy prometedor. Con esto lo que quiero decir es que he optado por los años caracol aunque no tengo muy claro si cuando Osvaldo llegue a Margarita será demasiado tarde. Pero el peligro de los años luz es pasarte de galaxia, claro, y las imposiciones a la sociedad a mi me producen un cierto hedor dictatorial con regusto a despotismo ilustrado.

Y además están las propias contradicciones en las que vivimos permanentemente los que vemos con más o menos claridad (por lo menos aparente) lo que está pasando, y tenemos que vivir con una realidad frustrante. Lo que significa en multitud de ocasiones que con nuestras acciones estamos traicionando nuestras ideas, con lo que ser benéfico se convierte en una verdadera pesadilla. Por tanto no veo otra salida: insistir, insistir, insistir.

Anónimo dijo...

José: excelente este párrafo de tu exposición. Amar la naturaleza es otra cosa. Lo suscribo y lo vuelvo a escribir completo, porque no sobra ni una palabra: "Un paisaje, un paseo por el bosque, un chapuzón en una cascada, un camino entre las rocas, sólo pueden colmarnos estéticamente si tenemos asegurado el retorno a casa o al hotel, la ducha lustral, la cena y el vino, la charla de sobremesa, el libro o los papeles, el erotismo que todo lo resume y lo recomienza. Desconfío de los admiradores de la naturaleza que cada tanto se bajan del auto para contemplar el panorama y dar cinco o seis saltos entre las peñas; en cuanto a los otros, esos boy-scouts vitalicios que suelen errabundear bajo enormes mochilas y barbas desaforadas, sus reacciones son sobre todo monosilábicas o exclamatorias; todo parece consistir en quedarse una y otra vez como estúpidos delante de una colina o una puesta de sol que son las cosas más repetidas imaginables."
Enhorabuena y sigue aportando ideas originales en nuestro mundo tan programado y digitalizado.
Bosco

Anónimo dijo...

Bueno! amar la naturaleza es lo que es y no lo que queremos que sea, o lo que cada uno pueda pensar que es. Quedarse mirando un colina o una puesta de sol, con o sin barba, a las mujeres por suerte no nos suele salir pelo en la cara; es tan lícito como ser un dominguero (endemoniado o demoníaco, no se muy bien con que adjetivo quedarme de los dos,ja!, que se dedica a matar las horas depresivas del domingo "prelúnicas", y todo lo que encuentra a su paso, a juzgar por el rastro de presencia que deja y que, en la mayor parte de los casos le caracteriza, y que denota el aspecto más negativo del término "dominguero"); con la salvedad de la actitud que muestran cada uno,respecto al medio con el que por tiempo limitado interactúa. Es difícil que alguien que observa y aprende de la naturaleza, la perjudique consciente o inconscientemente, yo no tengo la culpa de que exista gente con la sensibilidad de apreciar esos fenómenos de la naturaleza tan repetidos, que contesten monosilábicamente y que se escondan detrás de la mochila, pero si tendría parte de culpa en no rebatir esta opinión poco fundada para con esta gente, entre la que tímidamente me incluyo; a cada uno le gusta lo que le gusta, y es igual de respetable, pero nadie me va a convencer de que el cúlmen de la apreciación estética de la naturaleza, deviene de su comparación con la actividad más socializada posterior,
; y eso que desconfío tanto como tú de los que se bajan del coche para observar el panorama... por lo menos en eso estamos de acuerdo; programado y digitalizado está el mundo, en eso también te doy la razón, pero no dejará de estarlo mientras se suscriban las cosas que otros dicen sin un ápice de crítica o aportación personal. Desde luego se me pasó lo de "como estúpidos" si lo expuso así Fariña, pero en cualquier caso estaría en igual desacuerdo.
Como estúpidos actuamos casi todos al menos alguna vez en la vida, así que no hablemos de ello con tanta frivolidad, porque reitero, todo es igual de lícito,la diferencia radica en las consecuencias que conlleva cada actitud, y personalmente opino que son más sostenibles las de los errabundeantes,( lo de los boy-scouts vamos a dejarlo a parte ), pero en cualquier caso, ¿quién puede suscribir o afirmar lo que en verdad es amar la naturaleza? lo dejo ahí...para la reflexión común.

Un saludo a todos: Adri