viernes, 22 de agosto de 2008

Paisajes inolvidables, el salar de Uyuni

Cuando escribí la entrada sobre “Pure Chile” lo hice desde un hotel en La Serena y no sabía que en la segunda parte del viaje iba a encontrar motivos para matizar algunas de las afirmaciones que, entonces, me parecían bastante obvias. Quien quiera unas vacaciones no habituales puede acercarse a alguna de las agencias de San Pedro de Atacama (Chile) que hacen viajes a Bolivia y contratar un tour de cuatro días al altiplano y al salar de Uyuni. Una anécdota antes de empezar. Cuando estábamos en la agencia ¡apareció uno de mis mejores alumnos de Arquitectura de Madrid del curso de Introducción al Urbanismo! A veces se producen este tipo de hechos fortuitos e increíbles que nos hacen dudar de algunas cosas como la teoría de la probabilidad. Recorra diez mil kilómetros hasta Santiago de Chile, luego mil quinientos hasta Calama, desplácese otros cien hasta un pueblo que no cuenta ni con cinco mil habitantes, entre en una agencia de viajes y espere tranquilamente a que llegue uno de sus treinta alumnos del curso actual.

El salar como una mancha blanca en el altiplano 
Imagen de Microsoft Maps

El caso es que por un importe aproximado de 65.000 pesos chilenos (alrededor de 80 €) incluyendo todo, comidas, cenas, desayunos, transporte, etc., menos las entradas a los lugares en que sea necesario pagar, puede realizar un viaje inolvidable. Eso sí, por ese precio dormirá en “albergues básicos” con habitaciones de 6 a 15 personas, por supuesto sin calefacción y con electricidad sólo un par de horas. Seguramente le llevarán en un 4x4 con otros cinco viajeros, conducido por un lacónico quechua (nadie como ellos para desplazarse por un territorio en el que no existen carreteras propiamente dichas ni, por supuesto, señalización), durante horas y horas a través del altiplano boliviano. Si tiene suerte de no apunarse gozará de la vista de unas lagunas bellísimas, de los pompones de paja brava poniendo una nota de amarillo en contraste con el azul purísimo del cielo y de unos paisajes absolutamente espectaculares casi siempre por encima de los 4500 metros.

Las elevaciones del terreno, “islas” en el salar
Imagen de El Baúl de Josete

También se sorprenderá intentando dormir en el “albergue básico” con temperaturas de diecisiete grados bajo cero (esto es totalmente literal y cierto, incluso su habitación puede que no tenga cristales en las ventanas sino plásticos medio rotos), hará lo que pueda en un WC (le llaman baño aunque en realidad lo de “baño” es un eufemismo) probablemente sin agua corriente aunque con un cubo de agua medio congelada que hace las veces, y todos los días desayunará, comerá y cenará sopa de col y cebolla como primer plato. Claro que la contrapartida serán los compañeros de viaje. En el autobús que nos llevó a la frontera con Bolivia tuvimos que rellenar una hoja con los datos de los que viajábamos. Excepto Paloma y yo que éramos profesores, una pareja de franceses entre treinta y cinco o cuarenta años acompañados de su hijo de ¡menos de ocho años!, y dos o tres más tipo “aventurero solitario que pasa de los cincuenta”, el resto eran estudiantes (incluido mi hijo Guillermo, autor de las fotos del artículo que aparecen sin citar procedencia). Me encontraba casi como en la universidad. Luego, en el Toyota que nos llevó a través de todo el altiplano y el salar, íbamos seis pasajeros: Mery, una joven chilena a la que le gusta tanto viajar que ha hecho de ello una profesión (una guía de turismo que trabaja en el sur y que para descansar viaja), Javier y Diana, una pareja de Santiago, también chilenos, tan encantadores y educados que no parecían de este mundo, y nosotros tres.

En medio del salar

Aunque, claro, seguramente el viaje también se puede hacer en otras condiciones, como en hoteles sin cristales rotos (que yo sepa no existen todavía hoteles de lujo ni nada parecido) o en un todo terreno contratado específicamente con chófer particular. Pero entonces es posible que no se pueda dormir justo enfrente a la Laguna Colorada y se perderá algo fundamental en un viaje de este tipo como son los compañeros. El caso es que, por circunstancias de la vida (que ahora no es el momento de explicar) las cosas salieron así y lo cierto es que mereció la pena. Aunque en el título de la entrada sólo hago referencia al Salar de Uyuni, en realidad el viaje incluía el altiplano boliviano (fundamentalmente la reserva Eduardo Avaroa) y el salar. No voy a contar nada del altiplano porque su paisaje merece un articulo independiente y espero tener tiempo algún día de hacerlo.

Caminando en el silencio

Hacía décadas que no hacía un viaje “mochilero” pero me ha servido para recordar cosas que ya casi había olvidado. Cosas que quedan sepultadas por una vida que se sobrepone muchas veces a las experiencias y recuerdos más profundos. Cuando se llega a determinada edad (digamos que por encima de los cincuenta, para no molestar a demasiada gente) se tiende a pensar que, en general, la vida es como “nuestra vida” y que los viajes son “como nuestros viajes” borrando, como si no existiera, una parte muy importante de la realidad. Este viaje me ha hecho ver que algunas de mis últimas hipótesis acerca del turismo sostenible necesitan ciertas rectificaciones. Por ejemplo, siempre he mantenido que la única forma de preservar determinados lugares de la naturaleza para que sean sostenibles desde el punto de vista turístico es con un “turismo de ricos”. Es decir, accesos muy difíciles y caros, pocas plazas hoteleras de alta calidad y control de la carga turística y ambiental (por ejemplo, mediante la prohibición de acampar).

La pequeña expedición

En esta apuesta por un turismo elitista que contraponía al turismo masivo de la burguesía más o menos acomodada, reconozco haber olvidado a dos colectivos fundamentales que se ven muy perjudicados con este planteamiento. El primero es el de población autóctona y el segundo el de los mochileros (no se me ocurre otra denominación para los jóvenes que viven el viaje y el paisaje como una aventura casi iniciática que ha de realizarse con poco dinero).

El hotel “ecológico” de la sal

Siempre he pensado (y tengo pruebas que lo demuestran) que el turismo de consumo que satisface a las clases medias depende, básicamente, de la seguridad, de los precios, del clima, de la accesibilidad y de la capacidad de acogida. Ayuda también la publicidad, claro. Pero, en realidad, se trata de un turismo que se puede producir en casi cualquier lugar y que es, radicalmente, insostenible. También he dicho en múltiples ocasiones (y lo tengo escrito en este mismo blog) que una de las principales justificaciones de la actividad turística es el reequilibrio de rentas entre la población autóctona y la foránea, siempre que esta actividad no signifique la destrucción del medio natural (no se si lo he dicho pero el tema de este artículo es el turismo de la naturaleza) cuya conservación, por múltiples motivos, debería estar siempre por encima de cualquier consideración.

El interior del hotel de la sal

Por sus características, el turismo de naturaleza casi nunca puede ser masivo (ni por capacidad de carga ambiental ni por capacidad de carga turística) de forma que la única alternativa para conseguir obtener rentas apreciables es que la población turística sea muy rica para que pueda gastar mucho dinero y que ese dinero beneficie en la mayor medida posible a la población autóctona y no a las operadoras turísticas ajenas al sitio. No conozco otra alternativa. En el supuesto de que el destino turístico de naturaleza no sea bastante “especial” podría intentarse la obtención de rentas complementarias acudiendo a un turismo limitado de clase media. Pero sabiendo que se trata de simples rentas complementarias ya que la masificación en el turismo de naturaleza casi siempre hay que descartarla y, por tanto, el rendimiento que se puede obtener siempre es escaso.

Explotación no paisajística de la sal

Este planteamiento excluye claramente a las clases medias (excepto el caso de obtención de rentas complementarias) pero esto no tiene demasiada importancia ya que el turismo que selecciona este colectivo no es el de los hoteles de superlujo o el acceso a través de medios de transporte muy caros (total, para ver un par de rocas, una laguna o un pedazo de hielo…) sino playas donde no hacer nada tumbados al sol, tomar el aperitivo en el chiringuito, bailar por la noche en la disco, darse un chapuzón o reírse un poco con los vecinos. Es decir, descansar en el sentido de despreocuparse. Y esto lo pueden hacer en Gandía, en la Riviera Maya, Tenerife o Viña del Mar. Pero excluye también muchas veces a los propios habitantes de la zona para los que aquella naturaleza “tan especial” es “su naturaleza”, forma parte de su identidad, de su vida y de la de sus padres y sus abuelos. Por eso al pensar en criterios restrictivos de acceso (por ejemplo, entradas de alto precio o lugares a los que sólo se puede llegar en avioneta o helicóptero) siempre habría que considerar cómo afectan a los habitantes de la zona y procurar minimizar las consecuencias. Estas cuestiones ya se están teniendo en cuenta, por ejemplo, en la declaración de las áreas de naturaleza protegida pero no en el diseño de un producto turístico específico.

Blanco y azul

El otro colectivo excluido con el que me he reencontrado en este viaje es el de los jóvenes (algunos no tan jóvenes) que entienden el viaje de forma muy distinta a las clases medias más o menos acomodadas (sin que ello signifique que en su contexto familiar no puedan formar parte de esa burguesía). Para ellos el viaje es una experiencia en sí misma, independiente del lugar, ya que su finalidad es ir creando un camino propio normalmente ajeno al habitual. Pero el lugar importa, y mucho. No tanto en el sentido de que sea “especial” por bello o interesante, sino en el de ser único. Este tipo de “turista” casi ajeno a la “actividad turística” considerada como industria, resulta que molesta poco ya que suele ser bastante cuidadoso con el sitio que visita frente al turista rico o al de clase media (podría contar unas cuantas anécdotas de este viaje) y normalmente acude a la población autóctona para obtener los servicios imprescindibles (y no a las grandes operadores turísticas) con el resultado de que, muchas veces, constituyen las únicas rentas complementarias que le llegan a esta población. Se me ocurren bastantes soluciones para que este colectivo no se vea tan fuertemente penalizado por un “turismo de ricos” pero ahora simplemente quería señalar el hecho de mi error al no considerarlos en el modelo que estoy proponiendo estos últimos años.

Hexágonos de sal

Una parte importante del turismo de naturaleza está basado en el paisaje. Entiendo la búsqueda del paisaje esencialmente como búsqueda de la belleza. Además, belleza en estado puro, sin contaminar por otras experiencias colaterales como el poder o el sexo. Pues bien, el salar de Uyuni es la Belleza reducida a su esencia. Una superficie blanca, perfectamente horizontal, de apariencia infinita contrapuesta directamente con el azul del cielo absolutamente limpio, con unos colores que sólo existen a más de tres mil quinientos metros de altura debido a la baja densidad del aire y a la ausencia de contaminación. Según los sitios, entre el blanco y el azul la línea sinuosa de las montañas que rodean el salar. Nada más. Como un mar blanco (fue el mar en su momento) sin olas, sin nada que se mueva, sin ruidos (cuando se apaga el motor del coche, claro), sin construcciones, sin luces. En medio del salar aparecen algunas elevaciones, como Incahuasi que surge como una isla en medio del blanco. Eso es todo. Minimalismo puro.

Montañas muy lejanas

Avanzar con el todoterreno kilómetros y kilómetros con el crepitar de la sal bajo los neumáticos sin que las referencias que uno toma se muevan ni un milímetro porque se pierde la noción de la distancia. Sumergirse en la soledad más absoluta en cuanto uno se separa unos metros de los compañeros de viaje sin más perspectiva que una línea horizontal que separa el cielo de la sal. Pasar las horas sin que nadie en el coche pronuncie una palabra porque las palabras están de más. Pensar que, aunque aquello podría asimilarse al mar no es el mar, porque el mar se mueve y aquello no se mueve, porque el mar es barroco y aquello es la austeridad absoluta, porque el mar cambia de color y aquello no, porque el mar es una experiencia cotidiana y aquello es irreal. Además, el coche no es un barco. Aquellos que hayan navegado (mejor a vela) sabrán la especialísima relación que se establece entre el mar, el viento, el barco y la tripulación. Relación que surge de “la lucha con los elementos” y que sustenta el dicho de que la relación de amistad que se establece entre aquellos que han navegado juntos es indestructible (probablemente se derive de la sensación de poder que otorga el vencer al viento y a las olas). En el salar no hay lucha, no hay poder, no hay equipo. Tan sólo un conductor quechua y otros seis individuos ensimismados en la belleza de algo que es lo más parecido al infinito que he encontrado hasta ahora.

Incahuasi (Isla del Pescado) desde el cielo
Imagen de Google Earth

Increíblemente tampoco parece un paisaje nevado. En Turquía, Pamukkale, el Castillo de Algodón, si puede llegar a parecer nevado aunque el blanco sea producido por los depósitos de un agua con grandes cantidades de bicarbonato y calcio, que al evaporarse suavizan las aristas y tiñen de blanco las laderas. Pero en el salar, no. Probablemente sea debido al hecho de que el suelo sea una superficie absolutamente plana, sin elevaciones, sin árboles, sin arbustos, sin agujeros. O a la textura. O al propio índice de refracción de la luz. Pero nadie habla de nieve. De hecho la palabra no se mencionó ni una vez y sólo ahora, reflexionando sobre lo que vimos entonces y al seleccionar las fotografías (pero sin estar en el sitio) he pensado en la posibilidad de que fuera nieve.

Incahuasi (Isla del Pescado) desde el suelo

El salar de Uyuni ocupa unos 12.000 km2 del departamento de Potosí en el altiplano de Bolivia. Es el mayor desierto de sal del mundo seguido por el Gran Lado Salado en USA (4.400 km2) y el salar de Atacama (3.000 km2). De este a oeste mide unos 250 kilómetros de distancia máxima y de norte a sur unos 150 kilómetros. En sus orillas hay grandes zonas fangosas y, según la temporada, sólo se puede entrar a través de plataformas que hay que saber encontrar. La mejor época para visitarlo es de julio a noviembre porque el salar está casi seco, aunque la contrapartida son las noches invernales muy frías que hay que soportar (normalmente entre -10ºC a -15ºC, aunque en nuestra primera noche en la reserva Eduardo Avaroa, el termómetro marcaba -17ºC). En su centro se encuentra la isla Incahuasi llamada también la Isla del Pescado por la forma de su planta. Desde su cima se tiene una vista extraordinaria de todo el salar. Está poblada de cientos de cactus gigantes (trichocereus pasacana) que pueden llegar a medir más de diez metros de altura.

Cactus en el “mar” de blanco

En la actualidad pienso que nadie se está preocupando de su preservación paisajística. Y no sé si alegrarme de ello. Afortunadamente a ningún político se le ha ocurrido construir una carretera por el medio con la excusa del desarrollo de la región (las huellas obscuras de los neumáticos se borran en la sal cuando llueve) y tampoco están señalizados los accesos, por lo que muchos se piensan el ir de forma individual y recurren a las operadoras turísticas (locales o no). Pero he visto signos alarmantes. La construcción de hoteles, no sólo en los bordes sino en el propio salar (incluso con la etiqueta de construcciones ecológicas) sigue pautas insostenibles. Es decir, se trata de alojamientos para clase media y clase media baja. Grave error. Debería tenerse un cuidado exquisito en el proyecto turístico del salar de Uyuni. De construirse algún hotel debería ser de máxima categoría, nunca dentro del salar y enfocado a un turismo muy caro. Probablemente habría que dejar los “albergues básicos” existentes, pero sin aumentar sus comodidades con objeto de disuadir a las clases medias (sobre todo chilenas) que empiezan a buscar en Uyuni una “marca turística” que las diferencia de las gente que va a veranear a Viña o, incluso, al propio San Pedro. Un turismo masivo sería mortal para el salar. Habría que hacer un estudio de la capacidad de carga turística, determinar el techo en la capacidad de acogida, establecer criterios para la autorización de establecimientos hoteleros y planificar un sistema de accesos adecuado a la capacidad de acogida y a la calidad del producto turístico a vender. Espero y deseo que las autoridades bolivianas estudien la cuestión con todo el rigor necesario. Porque el salar de Uyuni, ese prodigio de la naturaleza en forma de paisaje creado por el mejor paisajista, se lo merece.

La sal y el cielo, de Wikimedia

No se si volveré alguna vez (me da miedo pensarlo después de mi experiencia en el Tatio diez años después) pero lo que no me cabe ninguna duda es que no olvidaré nunca el paisaje del salar de Uyuni. La imagen del plano horizontal de la sal juntándose en el infinito con el cielo quedará grabada para siempre en mi retina. Comprendo que, para algunos, no suponga una especial emoción (es más, puede resultarles aburrido). En ese caso, lo mejor que pueden hacer es no ir, con lo que aliviarán notablemente la presión turística y, además, podrán dedicar todas sus energías a otros menesteres más animados.


19 comentarios:

Antonio Folgado dijo...

Pepe: ¡qué razón tenías! ¡quiero ir! sobre todo ¡quiero ir antes de que acaben con el salar! Madre mía ¡qué sitio! Te felicito. Para mí es el mejor artículo que has escrito en el blog, independientemente de que no piense como tú en algunas cosas de las que dices. Por ejemplo, el reservar los mejores sitios del planeta sólo para disfrute de los ricos. O por lo menos eso es lo que he entendido. Pero ya sabes que tiendo a simplificarlo todo y no sé si lo habré simplificado demasiado. Ya tengo ganas de verte. Esto del blog está bien, pero donde esté una buena conversación de tres o cuatro horas que se quiten los comentarios...

Antonio Folgado dijo...

Por cierto, veo que el comentario está escrito el 22 de agosto y en Atom no me ha aparecido hasta hoy ¿sabes la causa?

José Fariña dijo...

Antonio, no hay nada raro en las fechas, lo que sucede (no acabo de entender por qué Blogger lo hace así, pero bueno) es que esta vez escribí directamente en la entrada y lo guardé como borrador. Parece ser que la fecha que pone no es la de la publicación del artículo sino cuando se guarda el borrador. Es decir, cuando empiezas a escribirlo. Empecé a escribirlo el 22 pero hasta el 25 no lo publiqué, de ahí la disparidad de fechas. Gracias por tu apoyo, ya hablaremos de los ricos y el turismo pero no es exactamente lo que dices. De todas formas voy enfocando (cada vez más) el tema hacia las cuotas, unas pagadas y otras no. Es complicado de explicar en un articulo y menos en un comentario. Un abrazo.

Anónimo dijo...

Increible el artículo Fariña. Hacía días que no entraba en el blog y esta entrada tuya ha sido como un regalo para la vista. Te envidio por el fantástico viaje que has emprendido, y la cantidad de sensaciones y reflexiones a las que te habrá inducido...Nunca eres el mismo después de un viaje así...

Un saludo.
Adri

Anónimo dijo...

Bolivia es un país muy pobre. Su PIB es de unos 1.600 USD frente, por ejemplo, a los 35.500 de España. Esto significa que cada español cuenta con la renta de 22 bolivianos. Para algunos cualquier "renta complementaria" es casi renta para poder comer. El paisaje es algo bonito pero si dejas de comer te mueres. Cuando tus hijos no tienen para comer por diez centavos venderías el salar y todo lo que pudieras. Me parece bien lo que dice porque no hay que malvender lo poco que tenemos y porque ya hemos estado malvendiendo nuestro gas y nuestro petróleo. Pero es necesario que países ricos como España donde he estado viviendo casi diez años nos ayuden y paguen porque conservemos nuestros salares y nuestra naturaleza si es que les interesan. Me gusta lo que escribe porque es sincero y trata de entender las posturas de los demás. Desde que descubrí este blog trato de leerlo siempre que puedo y me he alegrado mucho cuando leí sobre mi tierra. Chiwanku.

Miguel Sutil dijo...

Tenemos que pensar en nuevas formas de turismo sostenibles y no agresivas para el medio. Es muy necesario. Imprescindible. Somos muchos y hay que poner semáforos. Es jodido poner semáforos rojos pero hay que hacerlo. Hay que volver intransitables muchas hectáreas de territorio a las que hoy podemos llegar todos. Tenemos que dejar que el planeta respire.

José Fariña dijo...

Miguel, no entiendo lo de los semáforos. Creo que en el salar ya ha habido accidentes de tráfico mortales (¿cuál es la probabilidad de que impacten dos 4x4 sobre una superficie de 12.000 km2 sin que existan carreteras sino una superficie sobre la que puedes ir por cualquier sitio?) pero no creo que te refieras a eso. Supongo que será una alegoría del uso del territorio en el sentido de que hay que empezar a "disuadir" (¿por qué no prohibir directamente?) a la gente de utilizar partes importantes de nuestros bosques o desiertos. Si es así estoy totalmente de acuerdo contigo y, además, como supongo recordarás, lo vengo proponiendo ya hace unos años con una teoría de mi invención que se llama "territorios asimétricos".

Chiwanku (espero no equivocarme, ya que presupongo que la palabra será un nombre o un pseudónimo en quechua o aymara): tiene toda la razón. Precisamente el peligro de la depredación del paisaje se produce de forma mucho más notoria en aquellos lugares de rentas bajas (precisamente en los sitios que tiene alguna justificación la actividad turística desde el punto de vista de la sostenibilidad). De ahí la dificultad. Es muy difícil resistir la tentación de vender la promogenitura por un plato de lentejas cuando te mueres de hambre. Pero cuando la hayas vendido (malvendido) se acabó la esperanza para tus hijos y tus nietos. Se trata de una nueva versión del colonialismo. Como el territorio no nos lo podemos traer a nuestro país lo que hacemos es utilizarlo en el sitio excluyendo a la población autóctona, bien para beneficiarnos económicamente (operadores turísticas extrajeras), bien para disfrutarlo como si fuera nuestro.

Adri, ya te echaba de menos. Me alegro que no hayas dejado el blog totalmente.

Josete dijo...

Gran trabajo realizado y viniendo de tu persona te voy a pedir un favor. Ya que tú gentilmente enlazaste con mi humilde blog, voy a hacer lo mismo pues tu articulo mercece las condiciones oportunas para esta maravilla que es el Salar de Uyuni.
Saludos amigo.

Miguel Sutil dijo...

Si, lo has interpretado bien. No sabía que hubiera habido accidentes mortales de tráfico en el salar de Uyuni. De haberlo sabido no habría utilizado la metáfora del semáforo porque resulta un poco tétrica. ¿De verdad han chocado coches? ¿Es que no se veían desde kilómetros antes? ¿Jugaban a algo?

José Fariña dijo...

Miguel, mira el link que me envía por correo un amigo boliviano. Por lo que se puede leer el accidente se produjo aproximadamente un mes y medio antes de nuestra visita. Espero y deseo que "a alguien" no le sirva de disculpa para hacer una carretera asfaltada de dos carriles en cada dirección con señales de tráfico, medianas, verjas en los bordes y, por supuesto, semáforos entre la Isla del Pescado y del Hotel de la Sal (aprovechando la maquinaria casi se podía prolongar hasta Uyuni).

No es ninguna broma, en Madrid ha sucedido algo parecido con la llamada "Carretera de los Pantanos". Ante la alta siniestralidad de la carretera, en lugar de dificultar las infracciones colocando medianas que impidan los adelantamientos en lugares prohibidos y penalizar muy duramente los excesos de velocidad lo que se ha hecho es aumentar la capacidad de la vía duplicando los carriles y el diseño para conseguir una autovía. Es decir, para que la gente pueda llegar más rápidamente a las grandes fincas de los terratenientes del oeste de la Comunidad de forma que su urbanización pueda ser un negocio. Y eso a costa de hacer desaparecer el único lugar de alto valor ecológico que quedaba en la Comunidad de Madrid.

Martín dijo...

Hola
Me parece que Fariña hace algunas trampas. Deja una serie de flecos que no tengo forma de recortar y eso me despierta la curiosidad sobremanera.
Probaré a preguntar por dos de esos flecos:

-Paisajes asimétricos: esa tesis... no la encuentro en google... y es que llevo tiempo pensando sobre algo que esa expresión me sugiere que y que resumiría con la noticia que ayer intitulaba: "Los vecinos de Nueva Orleáns se preguntan si merece la pena seguir viviendo en la ciudad". Me siento obligado a aclarar que no son ellos los que más me preocupa realojar.

-El tema del turismo para ricos... cuando ha añadido la palabra "cuota" me ha gustado. ¿Pensará en un sistema para conseguir esas plazas limitadas en base a otros criterios? méritos ambientales? ¿quizás mediante la huella ecológica demostrada por parte del candidato a lo largo de los últimos 5 años, por ejemplo?

Un saludo a todos.

José Fariña dijo...

Martín: Mi teoría sobre los territorios asimétricos la vengo desarrollando desde hace más de tres años. Está publicada en diversos sitios, y en internet en varios. Por ejemplo en un artículo de 2006 de la revista Ingeniería y Territorio se enuncia de forma bastante sencilla. Pero no es necesario viajar muy lejos en la web, en este mismo blog en la entrada titulada "La ciudad de las interfases" tienes una apartado donde también comento algo sobre territorios asimétricos.

Respecto al sistema de cuotas se utiliza también en muchos sitios, por ejemplo en la cuevas de Altamira, aunque no tal y como lo estoy empezando a plantear que es en cuotas de pago y no pago. Pero es un poco complicado explicarlo en un comentario de una entrada de un blog. De todas formas cuando tenga una propuesta más madura trataré de escribir un artículo aquí. Lo de la huella ecológica del candidato no lo había pensado, (¡cómo se me pudo pasar!). Es una idea que, además, podría servir para crear unos cuantos puestos de trabajo: el que calcula la huella ecológica individual, el que la certifica, el que la verifica, el que distribuye la cuota según la huella... Habría una discusión ideológica muy profunda sobre si las entidades certificadoras deberían de ser privadas homologadas (PP) o de la administración (PSOE). En serio, es una cuestión compleja pero no inabordable. Existen ejemplos en todo el mundo de utilización de cuotas para acceder a determinados bienes del patrimonio cultural. Y aunque menos respecto al natural, también existen. De hecho, todos los museos se rigen por un sistema de cuotas (el aforo es limitado) que, en principio, presuponen el pago universal pero que luego tienen exenciones para determinados colectivos o en determinados momentos (para algunos la exención del pago puede ser total). No sé si habré sabido responder a tu curiosidad, pero he tratado de hacer compatible la respuesta con el formato de blog y probablemente no lo haya logrado de todo. Te agradezco que plantees tus dudas. A mí, por lo menos, me ayuda a pensar en cosas que, probablemente, de otra forma hubieran quedado sin explorar.

Anónimo dijo...

este es el artículo más "inconsciente" de los que he leído, menos rígido, quizás...
Buen día para ponerse al día...


También he visto un comentario a mi primer comentario... Martín, creo que estoy de acuerdo contigo...fue la reacción al volver, cansada de fachadas de todo tipo, cansada de huir de casi todos los lugares a los que llegaba...creo que es un buen resumen: una huída... Muchas gracias por tu comentario.

No se si encajo en el apartado "mochileros", se que las ciudades cada vez me cuentan menos cosas, y que cada vez me desprendo de más cosas, me preocupa mucho cómo funciona este mundo y parece que nada va a cambiar...


Tengo un amigo en Bolivia que me dice que vaya para allá...no espero encontrar el paraíso, no se lo que espero, pero algo me dice que si voy, tardaré en volver

Olivia

Anónimo dijo...

Hace tiempo que trato con Guías de Montaña ejerciendo su profesión por el territorio natural de España (y cuando pueden del extranjero), a través de montañas, barrancos, senderos, planos y altiplanos... Todos ellos tienen mucho en común; pero especialmente Joaquín tiene inquietudes que se acercan mucho a las preocupaciones que un arquitecto-urbanista-paisajista-ordenador-gestionador puede hacerse a lo largo de su vida profesional, y vienen motivadas por la observación detallada y meticulosa que hace de cómo las personas nos relacionamos con un medio casi natural,a raíz de su profundo amor y respeto por el mismo. Pues bien;él también argumenta a favor de la prohibición de acceso al turismo en algunas zonas, como único medio y mejor existente para evitar, lo que de otro modo es inevitable,y para mejorar, lo que de otro modo sólo se deteriora.
Yo también soy de vuestra opinión, ¿qué nos hace pensar que tenemos derechos sobre todo el territorio?...

Un saludo.
Adri

Martín dijo...

Ante la tónica pesimista de varios comentarios a los últimos artículos, querría posicionarme como optimista (de lo contrario no estaría leyendo este blog).
Creo que la crisis del sistema (el cambio) es inevitable. Al igual que los arquitectos de la OCA tuvieron su oportunidad en los años 20 de diseñar el soporte para un nuevo estilo de vida en la URSS de los años 20, a los técnicos de ahora nos corresponde intentarlo de nuevo. Basta ser conscientes de lo que ocurre cada día que pasa con las cosas tal y como están. (Estando preparados para no sentir frustración como ocurrió en el caso citado)
Has visto "La pesadilla de Darwin"? Debería servir para sentirnos afortunados al mismo tiempo que responsables para decidir ser coherentes y haciendo lo que esté en nuestras manos.

Javier dijo...

Bueno, sin saber mucho técnicamente del tema y siendo consciente de que no comprendo en profundidad el tema de restringir el turismo a las rentas más altas, me gustaría participar aportando mi opinión:

El turismo en muchas de sus variantes, principalmente cuando es masivo o cuando de "de ricos", en mi opinión contribuye a aumentar las desigualdades entre autóctonos y visitantes. Es cierto, como dices, que aporta dinero (y en este sentido es inteligente la propuesta de restringirlo a ricos que, visitando el lugar en menor número, reportan mayores beneficios), pero no debemos medir la desigualdad tan solo en términos económicos. El lugar que se tira a las manos del negocio del turismo generalmente acaba por perder la esencia de la vida de sus gentes, se desnaturaliza, con drásticas consecuencias. Por ejemplo, hace unos días visité La isla del Sol, en el lago Titicaca en territorio Boliviano. La parte sur se ha especializado totalmente en el negocio del turismo. La consecuencia que he apreciado es que la gente ha avandonado sus formas de vida tradicionales, las chacras, el ganado, para abrir negocios que manejan precios casi europeos. En dos dias mas de diez personas me solicitaron mostrar mi ticket de admision en la isla, para cobrarme en caso de no mostrarlo. La gente pensaba tanto en sacar dinero al turista que me resulto muy complicado completar una conversacion larga con alguien¨(al contrario de lo que normalmente ocurre en sudamerica, donde puedes pasar horas conversando con extraños...).
Si estamos hablando de pobreza, la solucion no creo que deba venir desde el turismo, sino desde la Politica. Que se elimine la injusta e ilegitima deuda externa por ejemplo.
Y el turismo, que se conserve moderado. Y en ningun caso limitado a los ricos, pues seria una injusticia aun mayor. No olvidemos que el que haya gente muy rica es motivo de que exista gente muy pobre.

Un saludo y felicitaciones por un blog tan interesante.
Javier

cristina dijo...

Me resulta muy emocionante leer esta entrada ya que acabo de volver de allí y mi visión y mi experiencia es, con mínimas variaciones, básicamente la nacionalidad y edades de los compañeros de todo terreno, la misma que describes.
Además es curioso ya que como alumna tuya te he oído muchas veces hablar de la exclusión a través de la renta y siempre me ha producido grandes contradicciones. Te puedo asegurar que ha sido motivo de largas charlas en mi entorno, especialmente viajando o al regresar de algún lugar especial. Pero este año en Bolivia nos hemos encontrado, a diferencia por ejemplo de Perú, en lugares como Uyuni o la isla del Sol en el Titicaca boliviano (especialmente en el extremo norte), un modo de concebir el turismo que no creo que intencionadamente pero si como resultado, logra alejar al turismo de masas. El caso de la isla del Sol es realmente interesante, a ver si tengo la oportunidad de encontrarte un día por la escuela, invitarte a un café y contártelo.
Me ha encantado que Irene R. Lorite me muestre esta entrada y poder compartir contigo mi experiencia.
Otro tema preocupante es que el año que viene pasa el Daqar por el salar... lo han restringido a motos pero no se sabe que efectos tendrá.

José Fariña dijo...

Cristina: la gran amenaza del salar de Uyuni como paisaje único en el mundo no es el Dakar, ni siquiera el turismo, son los millones de toneladas de litio que hay debajo. Dado que el litio es un elemento básico para fabricar baterías... Este año ya ha empezado la extracción, y se supone que en 2014 se van sacar unas 30.000 toneladas. Es decir, la tercera parte del consumo mundial de litio. Por lo menos tú y yo y mi hijo lo hemos visto, pero lo más probable es que tus hijos no lleguen a tiempo. Eso sí, tendrán unos móviles de última generación con una baterias esplendorosas. Si te pasas un día por la Escuela y quieres que nos tomemos un café escríbeme antes un correo, porque dada la cantidad de cosas en las que estoy metido las probabilidades de que nos encontremos son las mismas que se mantenga el salar como está más allá de cinco años.

José Fariña dijo...

Anónimo de 20 de enero de 2015: corregido, es que algunas palabras en español no significan lo mismo en un país que en otro. Según el diccionario de la RAE en su tercera acepción "Se dice del indígena de América, o sea de las Indias Occidentales, al que hoy se considera como descendiente de aquel sin mezcla de otra raza". Pero como en la quinta también dice que "despect. Guat. y Nic. inculto (de modales rústicos)", por si alguien se molesta sencillamente lo quitado. Efectivamente Bolivia es un país maravilloso y el salar de Uyuni debería ser Patrimonio de la Humanidad.